Por Gonzalo Irastorza

Trump, Bolsonaro, Cambiemos y el mundo

Con el acceso -¿sorpresivo?- de Donald Trump a la Presidencia en noviembre de 2016, comienza a terminar de perfilarse un cambio de tendencia en los asuntos globales. El candidato republicano, conservador hasta la médula, viene a representar un giro copernicano no sólo en la Casa Blanca, sino por supuesto, en el mundo. Un auténtico "outsider", es decir, un político ajeno a las convenciones "normales", llega al poder en la máxima superpotencia mundial, con un discurso "políticamente incorrecto": ferviente defensor de los valores tradicionales, del "interior profundo", de la tenencia legal de armas que es parte de la idiosincrasia clásica americana, y de su ya célebre: "Let's make America great again". La novedad radica en que el Salón Oval es ahora ocupado por un nacionalista, enemigo de las corrientes globalistas multi-culturalistas.

Lo que está sucediendo en el Brasil, con la asunción de Jair Messias Bolsonaro, el pasado martes 1, marca, sin dudas, un clave punto de inflexión en Latinoamérica. Auténtica "histeria progresista", de "horror" frente a la aparición de la "ultra derecha", se ve en la mayoría de los medios de comunicación, formadores de opinión y políticos tradicionales, que no alcanzan a dimensionar las particularidades propias del gigante sudamericano y que no pueden ver, o no quieren entender, los nuevos vientos conservadores que están soplando en buena parte del mundo: Hungría, Polonia, Italia, VOX en España, son algunas pruebas de ello. 
Lo cierto es que, en este mundo en redefinición tras el desencanto por el híper globalismo, empiezan a vislumbrarse dos tendencias bien claras y opuestas: los multi-culturalistas a ultranza, al estilo de los socialdemócratas progresistas, y los "neo nacionalismos" o "localismos" anti globalistas. En el primer grupo, se encuentran la socialdemocracia de Angela Merkel (Alemania), Justin Trudeau (Canadá), Emmanuel Macron (Francia) y buena parte de los países europeos. En el segundo, Donald Trump, Vladimir Puttin (Rusia), Viktor Orbán (Hungría), el Partido Ley y Justicia (Polonia) y la Italia de Matteo Salvini. Cuestiones y diferencias esenciales, metafísicas podría sentenciarse, separan a estas dos tendencias antagónicas: el respeto a las tradiciones religiosas y nacionales, cuidado de la migración irrestricta, rechazo a la ideología de género, política activa de tenencia de armas en ciudadanos calificados, baja de impuestos y preservación irrestricta al derecho de propiedad, y a la iniciativa privada, por el lado del sector de derecha. En la izquierda progresista, abundan las políticas pro migratorias impulsadas por el ultra globalismo de la ONU y Bruselas, promoción del control de natalidad vía interrupción del embarazo, abrazo decidido a la ideología de género en sus versiones más extremas, legalización del consumo de estupefacientes, desprecio a cualquier tipo de orden estricto en materia de seguridad: el Partido Demócrata en Estados Unidos resume, acabadamente, buena parte de esta filosofía "progre". 
Jair Bolsonaro (PSL) y Mauricio Macri (Cambiemos) simbolizan, en ese sentido, dos ideologías bien dispares de estas corrientes opuestas en el mundo: el gobierno surgido tras la década K representa, en muchos sentidos, una profundización de la política progresista de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Así lo atestiguan las claramente izquierdistas políticas de género, derechos humanos, planes asistencialistas y adhesión a la interrupción voluntaria del embarazo promovida abiertamente en el país por Planned Parenthood; desde lo económico, la presión tributaria récord que ostentará la Argentina en 2019. La completa desmilitarización y fuerte ajuste en las fuerzas armadas es otro rasgo "superador" de la gestión Cambiemos con relación al kirchnerismo. En lo penal-policial-represivo, más allá de declamaciones mediáticas del Ministerio de Seguridad, continúa, esencialmente, el garantismo y el permisivismo total en los cortes de rutas, calles y arterias de circulación nacional, y muy particularmente en la Capital Federal y Gran Buenos Aires, los dos espacios urbanos más poblados, permanentemente sitiados por manifestaciones de toda índole.
En el Brasil de Bolsonaro, que recién se estrena en el mando, la dirección corre claramente en otro sentido. Debemos tener presente, que este político no tradicional, llega con el apoyo total de las fuerzas armadas -que en el país vecino gozan de mucho prestigio-, del sector agropecuario y de los grupos religiosos conservadores. Los industriales y el establishment brasileño terminaron apuntalando al Capitán retirado, finalmente, como garantía anti PT. Amerita dimensionar que el gigante carioca, sufre alrededor de 200 muertes violentas diarias y que, en ese sentido, la dura política represiva preanunciada por Jair contra los "bandidos" es, prácticamente, un reclamo unánime de todos los niveles sociales. Párrafo aparte, merece el hastío de la sociedad brasileña con la mega corrupción de Lula y sus amigos. Bolsonaro ha sabido aprovechar ese hartazgo y capitalizarlo a su favor.
La geopolítica, en la actual coyuntura, juega un papel primordial en estos pagos sudamericanos. Estados Unidos y su Departamento de Estado buscan evitar a toda costa la intromisión y/o expansión de China-Rusia en Latinoamérica, pretensiones para las que Bolsonaro se ha mostrado muy favorable a los intereses de Washington. Aún más, Brasil, junto a Colombia, probablemente, sean la "punta de lanza" en el cerco diplomático -¿y militar?- contra la narco dictadura chavista-castrista imperante en Venezuela, que ya representa no sólo una tragedia colosal para la sufrida población venezolana, sino también un auténtico caso de peligro de seguridad regional y hemisférica. 
Mientras tanto, la Casa Rosada está jaqueada por una situación socioeconómica acuciante y una política exterior teñida por su consabida tibieza, sin atraer inversiones de magnitud y carente de proyectos de desarrollo de largo plazo, no logrando abrirse y comerciar con el mundo. Sólo Venezuela y Argentina ostentarán el dudoso podio (2018 y 2019) de ser los países latinoamericanos cuyo PBI decrecerá (lo de Venezuela es un colapso ni siquiera visto en el 3º Reich tras la derrota en la 2ª Guerra Mundial, y lo nuestro, una severa y mayúscula contracción económica), aumentarán sus niveles de pobreza y registrarán índices de inflación escandalosos. 
Si bien son indudables los logros en materia de recuperación energética e infraestructura en los últimos años, la Argentina navega sin rumbo de crisis en crisis. Por primera vez en la historia, Chile ya registra un PBI per cápita superior al rioplatense. La Argentina, con una ingenuidad cercana a la necedad, continúa creyendo que es un país rico por la sola posesión de preciados recursos naturales. En realidad, somos decididamente pobres: indigencia superior al 32 por ciento, pobreza estructural cercana al 15 por ciento, más de 3 millones de habitantes viviendo en villas de emergencia que suman más de 3.000 en el país, pérdida de la cultura del trabajo que ya atraviesa a más de tres generaciones, falta de capacitación en el recurso humano laboral promedio, los peores índices de calidad educativa en el continente, con deserción escolar Secundaria superior al 50 por ciento, carga impositiva de nivel Noruega con servicios estatales del tenor de Somalia. Horizonte de default de deuda soberana en ciernes.
La clase dirigente -política, empresarial, gremial, social, formadores de opinión, etcétera- tiene sobrada y acabada responsabilidad en nuestra sostenida decadencia desde la década del 30, y desde nuestro épico derrumbe a partir del 70; no obstante e indudablemente, la sociedad, el "cuerpo social", "la gente" -como dicen los politiqueros mediocres de turno- han sido copartícipes directos -por acción y/u omisión- en este increíble, trágico y ya casi eterno proceso de destrucción nacional. Mientras países vecinos ordenan su "casa" (en lo económico, social y cultural) o intentan hacerlo, nosotros persistimos en la estrepitosa caída. Quizás sea cierta esa ironía, ácida y misteriosa, que reza: se trata de una sociedad esquizofrénica condenada al fracaso. 
 
El autor es Licenciado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales.

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